Hace tres años que resido en Tucumán, lugar que no me es ajeno. Mi padre nació en esta provincia y desde chico la siento un poco mía. Proyectos laborales me trajeron para acá y la concreción de oportunidades y la participación en excelentes equipos con gente maravillosa fueron extendiendo mi estadía.

Ya hay una relación muy estrecha entre Tucumán y yo, su legado y su futuro. Pero a pesar de esto, cada tanto usufructo de la paradoja de cercanía y lejanía del extranjero, que como decía el filósofo Georg Simmel, es el “afuera” por definición, emigrante en potencia, de “el que viene hoy y se queda mañana”, en círculo de proximidad y alejamiento.
Todo esto para mover un poco el prisma para atrás e intentar comprender el colectivo. El mes pasado me invitaron a la fiesta de conmemoración de los cien años de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres y sumergirme en cada discurso de ocasión me hizo sentir más fehacientemente su trascendencia. Una de las instituciones más importantes de la Argentina en transferencia de tecnología agrícola, ideada por Alfredo Guzmán (1855-1951), con visión progresista y sentido de misión. En su reducto de 65 hectáreas en Las Talitas nacieron todas las variedades de plantaciones de caña de azúcar de Tucumán y de otras regiones del país, casi la totalidad de las tecnologías de producción de citrus y palta, que convirtieron en potencia a la provincia en estos cultivos y hasta dieron origen a la siembra de la soja, difundiendo información y promocionando el cultivo, cuando en el país solamente era una curiosidad botánica, actualmente superado por su propia variedad genética (Munasqa RR), muy popular en los países limítrofes. Papa semilla, bioetanol, prevención a plagas y enfermedades, berries y nuevos cultivos, etc.; amplían la interminable lista de innovaciones aportadas por este prestigioso centro.
A pesar de sus logros inigualables, no fueron las innovaciones en sí mismas en lo que me detuve a pensar, sino en esta institución que da soporte. Algo ya conocía, cuando mi amigo Javier Noguera asumió de Secretario de Innovación y Desarrollo Productivo de la provincia, esta fue la primera institución que visitó y me pidió que lo acompañe. Nos pasamos un día entero conversando con sus responsables, conociendo sus laboratorios, asumiendo su trascendencia. Me sorprendió lo perdurable de este medio de innovación, su resistencia a los desencuentros de siempre y épocas de desguace estatal, respuestas que pueden encontrarse con su historia.
El origen de la institución hay que buscarlo en la industria azucarera de 1909, sumando excelencia en la producción a partir de la investigación. Se conformó una Direccion Técnica, con mayoría de profesionales extranjeros, primero con el Dr. Robert Blouin, de la Universidad de Louisiana, EEUU y luego con el Dr. William Cross, químico de origen Inglés, quien ocupó la dirección durante treinta años a partir de 1916 y quien le dio su proyección innovadora. Siempre dirigido por productores y empresarios agroindustriales, un consejo directivo ad honorem, integrado por representantes del sector privado y un personal curiosamente ligado bajo la modalidad de contrato con renovaciones semestrales, es decir, con evaluaciones permanentes a partir del logro de objetivos, marcando su incesante búsqueda por la excelencia, evitando la endogamia y la pérdida de competitividad. Generan recursos propios con los servicios de laboratorio para toda la agroindustria regional, provisión de plantas libres de virus obtenidas por cultivos in vitro, y otras actividades.
Ente autartico del Ministerio de Desarrollo Productivo de la provincia, también financiado por aporte de privados, con gestión de productores, que también genera sus propios ingresos a partir de la prestación de servicios, parece cumplir con todos los requisitos para ser catalogado como un centro tecnológico en los manuales de la gestión de la innovación. Otro amigo, Andrés Barge en España, siempre me comentaba acerca de la trascendencia de los centros tecnológicos como medio de innovación en aquel país. Su tesis de investigación giraba en torno a eso y la mía sobre parques tecnológicos, esos recintos para localizar empresas innovadoras, y conversábamos largo rato acerca de la dificultad de extrapolar modelos de estructuras de soporte a la innovación de países con larga tradición innovadora a otros no tan avanzados, contrastando su investigación con la mía, la de un modelo implantado desde el éxito de países más desarrollados que para mí en España no estaba dando tan buenos resultados. Andrés es un convencido que los centros tecnológicos del calzado en Valencia, textil de Galicia y tantos otros, son realmente endógenos y cumplen con la labor de transferencia tecnológica, permiten salir del trauma de la siempre mencionada dificultad de la relación universidad – empresa y eficientizan la inversión pública en la innovación, saliendo de la lógica de los incentivos fiscales para las localizaciones como única alternativa al desarrollo. Simplifican la interrelación con el conocimiento, comprometen al privado en la gestión, unifican y generan sentido de pertenencia a partir de objetivos comunes y la búsqueda de soluciones concretas. Facilitan la innovación y la apropiación tecnológica. En Tucumán parece haberse dado mucho antes que su teorización, la EEAOC es un genuino centro tecnológico, trasciende y marca su sentido pionero.
Su perdurabilidad en el tiempo me llamó tanto la atención como su anticipación a la categorización como centro tecnológico. Cien años de vida es mucho en un país de desencuentros, de rupturas institucionales, golpes de estado y el tic fundacional que suele tener la política argentina para negar todo lo que se hizo antes. Es el mismo país donde la Experimental creció casi misteriosamente. Es que en realidad, también somos esto. Nada es mágico ni automático, evidentemente hubo un sentido de unidad y de preservación de este espacio ligado al desarrollo. Sin subestimar lo traumático de las épocas difíciles y lo trascendente de los gobiernos mas desarrollistas, no creo que los malos se hayan olvidado de la Experimental para desmantelarla, evidentemente se desarrollaron los anticuerpos para subsistir. Un caso de construcción colectiva entre productores, industriales, Estado e investigadores que generan competitividad a partir de la interacción entre todos los actores. Un caso a imitar de los que los tucumanos que la conocen y los que lo somos un poco nos sentimos plenamente orgullosos.

Estas dos cuestiones que me llamaron la atención, su carácter pionero como medio de innovación y su perdurabilidad en el tiempo me llevaron a hacerme la pregunta de si los tucumanos realmente conocen la trascendencia de tan importante emprendimiento. Las regiones con un sendero histórico positivo suelen asimilar mejor los cambios tecnológicos, son más propensas a la innovación y tienen más perspectiva de desarrollo. Es la explicación que se suele dar, a veces lineal, de los casos más reconocidos, del legado de los piamonteses en Rafaela – Santa Fe y Santa Catarina en Brasil, de la comunidad vasca en Pergamino y otras localidades del norte de Buenos Aires y sur de Santa Fe, etc. Casos que son una verdadera marca en los estudios del Desarrollo Local y la Innovación, que hasta son medio cansadores al verlos tan repetidos. Quizás sea este posicionamiento del caso lo que les permite darle forma de efecto demostrativo, de lógica de modelo de rol positivo, que seguramente refuerzan su identidad ante el entorno socio productivo del que forman parte.
En momentos en que el dialogo y la concertación son tan demandados por la sociedad, en donde urge demostrar la consecución de una meta como colectivo social y así evitar la fractura para dar lugar a la esperanza, se torna fundamental explotar este modelo de rol positivo. Exponer y mostrar los logros de este espacio, de personas de carne y hueso como cualquiera de nosotros, que se propusieron una meta y la lograron. Hay que aprovechar la conmemoración de los cien años para hacer esta docencia que vale la pena. Mostrarle a las nuevas generaciones que este logro es tucumano, a los ingenieros y biólogos, pero también a los abogados, médicos, arquitectos, trabajadores y estudiantes. En los medios de comunicación, en escuelas y universidades. De los desencuentros tenemos mucha literatura y hace falta, del análisis del conflicto social, sus desigualdades y sus marcas imborrables, que refuerzan nuestra identidad de resistencia. Hoy también hace falta una historia de las sinergias más cercanas que también nos representan, que reafirmen nuestra identidad - proyecto. Mostrar los trascendentales logros tecnológicos a los que nos suele acostumbrar la excelencia de nuestros científicos, pero también hacer hincapié en el medio, en este punto de encuentro público-privado que construye competitividad dinámica, a partir del conocimiento y de la interacción. Se puede. Creo que vale la pena.
Esteban Campero










